Bueno, hoy me toca compartir una experiencia bastante triste para mi y para mi familia y es que ayer por la noche murió mi cobaya. Tenía casi 6 años y la última vez que la llevé a la veterinaria ya me dijo que era muy viejecita, aunque estaba sana y comía muy bien. De hecho, durante todo el día de ayer estuvo perfectamente hasta que por la noche después de cenar empezó a tambalearse en la jaula y a no poder mantenerse de pie. La sacamos y la pusimos en el suelo sobre unos papeles y estuvimos acariciándola porque parecía que eso la relajaba. Cada vez respiraba peor y a veces la sacudían algunos pequeños espasmos. Una media hora después, pude ver con mis propios ojos como se estiraba, exhalaba un último suspiro y se quedaba totalmente quieta. Creo que nunca había tenido la ocasión de ver de una forma tan directa como fallecía un ser vivo y la verdad es que es impactante. Se puede notar perfectamente en qué momento exacto la vida abandona el cuerpo y allí sólo queda una "cáscara", un "envoltorio". Y si eso sucede con un animalito, cuánto más con una persona ¿verdad?
Y es que la vida es mucho más que un conjunto de órganos funcionando en un cuerpo. Dios no sólo nos la da cuando nacemos, sino que la mantiene en nosotros cada día, cada instante, permitiéndonos disfrutar de experiencias, sensaciones, palabras, olores, paisajes, momentos, personas, ...tantas cosas que hacen que "nos sintamos vivos". Creo que el sentirme viva es una de las sensaciones más hermosas que he podido experimentar y tengo la plena seguridad de que es un regalo de Dios, así que lo agradezco como tal e intento disfrutarlo al máximo.
En cuanto a "Cobi", estoy "contenta", por dos cosas: primero, porque no sufrió mucho y segundo porque pudimos acompañarla, acariciándola en sus últimos momentos y, aunque sólo fuera un animal, tengo la convicción de que notó que estabamos allí con ella y eso le hizo bien.
Mi familia y yo siempre la recordaremos con cariño porque ha formado parte de nuestras vidas y hemos vivido anéctodas muy bonitas con ella.
¡Hasta siempre, Cobi!